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Trotamundos.
Viajar no es tan sólo moverse en el espacio. Más que eso, es acomodar el espíritu, predisponer el alma y aprender de nuevo. Ortega y Gasset

África será siempre la de la época de los mapas de la era victoriana, el inexplorado continente vacío con la forma de un corazón humano

Graham Greene

La web para los que viajan sin prisa
África en el Corazón

Zanzíbar. La perla del Índico

La visión desde el avión de Zanzibar Town, la Ciudad de Piedra, me ha dejado fascinado. Todas las historias y leyendas que he leído sobre Zanzíbar se quedan cortas ante la contemplación de esta ciudad rodeada del hermoso océano Índico y en la que es imposible no perderse, aún con un buen mapa, en el rosario de callejuelas que la recorren en todos los sentidos. Livingstone, en su último diario escribía "Zanzíbar. 28 de Enero de 1866. He llegado a la isla a bordo de la fragata de vapor Thulé que ofrece el gobierno de Bombay al sultán de Zanzíbar"La isla es una formación de coral con conglomerados de gres silícea . La flora es generalmente africana, pero las plantaciones de mangos y cocoteros dan a la escena el aspecto exuberante de las islas del Mar del Sur". Unos años antes, en 1857, Burton y Speke habían conseguido financiación por parte de la Royal Geographical Society para descubrir las fuentes del Nilo partiendo de las costas del Índico en vez de remontar el Nilo desde el Mediterráneo, en un viaje de miles de kilómetros que se había antojado irrealizable. Por ello decidieron seguir las rutas de los esclavistas que partían de Zanzíbar hacia el Oeste en busca de marfil y esclavos para alimentar el mercado más importante de África Oriental; 2 años después regresaron a Zanzíbar enfrentados y con opiniones contrarias sobre la ubicación de las verdaderas fuentes; a su llegada a Londres, Speke fue proclamado descubridor de las fuentes del Nilo.

Tanzania es el resultado de la confederación en 1964 entre Tanganika, que obtuvo su independencia en 1961, y Zanzíbar, que la obtuvo en 1963, y se convirtió en república en 1964, después de derrocar al sultán. No obstante, desde el momento de tu aterrizaje en Zanzíbar, se encargan de dejar muy claro que es una confederación de diferentes países, ya que aunque vueles desde Tanzania como era mi caso, tienes que pasar los trámites de aduana, visado, declaración de bienes, y mostrar tu cartilla de vacunación como si entraras en otro país; la realidad es que Zanzíbar no se parece en nada al resto del país, tiene por sí misma una personalidad y unas características especiales que la convierten en un lugar único y muy interesante a pesar de su pequeño tamaño. Hasta el año 90, Zanzíbar estaba reservado a los viajeros que escapaban de las comodidades y en cierto modo había tomado el relevo de Kathmandú como lugar de encuentro para los hippies. Ese año, la fundación Aga Khan acometió un ambicioso proyecto de rehabilitación en la isla, que 6 años después ha dado como resultado el que existan 3 ó 4 complejos hoteleros de lujo en Zanzíbar, de espaldas al resto de la isla que vive su propio ritmo y acoge con los brazos abiertos a los viajeros que buscan algo más que sol y playas paradisíacas.

Después de todos los trámites cojo un taxi compartido con 1 pareja de españoles que van a uno de esos hoteles de lujo, y yo me quedo en la Ciudad de Piedra, al lado del mar, en el Karibu, bienvenido en swahili, un Guest House que por sólo 10 dólares me ofrece una enorme habitación en el ático desde donde se contempla el océano Índico, de una tonalidad azul única. Salgo a buscar una agencia de viajes, ya que me han comentado que las opciones para salir de la isla son muy limitadas, un vuelo cada 2 días y un ferry por semana; como yo tengo mi billete de tren de Mombasa a Nairobi reservado desde hace 2 semanas, no quiero perderlo; mis visitas a Air Zanzibar y Kenya Airways son infructuosas porque la lista de espera es muy larga; encuentro una plaza en Air Tanzania para el mismo día del tren, por lo que me alegro mucho; casualmente me encuentro con Ulf, uno de los suecos de la expedición de los gorilas, que me comenta que el sobrenombre de Air Tanzania es "Air Maybe", "Air Quizá" en español, y con una risa nerviosa le digo que hay 7 horas entre el vuelo y el tren y que de todas maneras es la única opción que tengo.

Milton, en El paraíso perdido describe Zanzíbar como "un reducto secreto, lleno de flores y yerbas olorosas". Del diario de Stanley extraemos la siguiente descripción "Zanzíbar es el Bagdad, el Estambul del Africa Oriental; es el gran mercado donde se acumula el marfil y el copal, las pieles, las maderas preciosas, y las negras bellezas de la Tierra de la Luna para ser vendidas en otros puntos. En Zanzíbar se vende además pimienta, sésamo y aceite de coco". A esta frase sólo le añadiríamos hoy el comercio de clavo, del que Zanzíbar es el primer productor del mundo, y cuyo olor te embriaga desde el mismo momento en que aterrizas en la isla, y que te acompañara durante toda tu estancia. El encuentro con Ulf ha sido una sorpresa muy agradable y fijamos una cita para la tarde en el Africa House, la más famosa terraza de Zanzíbar donde, además de tomar una cerveza helada, se puede contemplar desde una atalaya privilegiada la puesta de sol con la antigua isla-prisión al fondo; no sé cuales serían las condiciones de los presos en la isla, pero el simple hecho de estar rodeados de palmeras y poder oler el océano les haría la condena más relajada.

Zanzíbar ha pasado por mil avatares en su historia; aunque pequeña, fue el centro político de lo que hoy es Kenya, Tanzania, Ruanda y Burundi, gracias al comercio, tanto humano como de especias. En 1885 Alemania se anexionó Tanzania, provocando la protesta del sultán Bargash de Zanzibar, que era aliado de los británicos; estos no buscaban un imperio en África Oriental, por lo que el primer ministro británico declaró que "si Berlín quiere un poder colonial, sólo puedo decir que se dé prisa y que Dios le ayude"; con estas perspectivas, el sultán tuvo que negociar la cesión de sus territorios insulares, y quedarse con las islas de Zanzíbar, Pemba, Mafia y Lamu; en 1888 un reparto final dio Tanzania a Alemania, Kenya y Zanzíbar a los británicos, y Madagascar a los franceses. Callejeando por Zanzíbar se nota claramente que su población es en su mayoría musulmana, con las abigarradas tiendas repartidas por sus calles serpenteantes, todas ellas dirigidas por musulmanes tocados con sus gorritos blancos; Como suele ser habitual en África, el Islam ha pasado aquí por el tamiz de la tolerancia y la indolencia africanas, y los turistas pueden pasearse en "paños menores", como ellos creen que vamos con nuestros shorts y camisetas sin mangas, sin problema ninguno. Incluso el canto del muecín en la madrugada parece mucho más suave, para no molestar a los no musulmanes, que el que hemos oído en otras partes del mundo. Quizás a todo ello ayude el enorme mosaico de razas que han dejado los siglos de comercio en esta parte del mundo; indios, blancos, arios, bantús, indonesios, y otras etnias que no nos atreveríamos a clasificar, por la seguridad de equivocarnos. La gastronomía refleja perfectamente el mismo mosaico, ya que se mezclan la cocina india con la africana, y los condimentos básicos de cualquier plato son el curry y la leche de coco, que tanto en carne como en pescado, descubren nuevos sabores y sensaciones al visitante occidental.

Definitivamente me he enamorado de Zanzíbar y de su historia; cada nueva experiencia se suma a la anterior para, con ese mismo arrobo que los enamorados sienten, ignorar los puntos negativos, que existen, como la suciedad y el estado de inminente ruina de muchos edificios, y sublimar los positivos, que son muchos. En mi recorrido por la ciudad observo muchas puertas de madera de gran tamaño cuidadosamente labradas por generaciones anteriores de artesanos en la que se puede sentir el amor al trabajo y, sobre todo, la falta de prisa por terminarlo; desgraciadamente muchas de estas puertas están muy deterioradas o han sido arrancadas de sus lugares para adornar probablemente la entrada a alguna mansión de un millonario en alguna parte del mundo. Una parada en la terraza del Seaview me reconcilia con mi amada Zanzíbar, ya que el océano está siendo surcado por los dhow, o en swahili jahazi, esos barcos de madera con sus velas latinas cruzadas, que, al contrario de los modernos y aerodinámicos diseños de veleros, parecen creados para ir lo más lentos posibles y no obligar a su tripulación a un esfuerzo excesivo. Cuando su eslora es bastante grande se le puede incorporar una vela de mesana, también latina, pero un foque o cualquier otro tipo de vela son totalmente impensables. También se puede observar el pausado ritmo de los pescadores que echan sus redes, se tienden sobre la cubierta, y después de un tiempo prudencial las recogen, normalmente llenas, ya que es un mar generoso.
El tiempo se ha detenido, y hasta el sol parece que esta colgado en la misma posición desde hace una hora. Absorto en la visión de esta marina, no oigo a una chica que me pide en inglés mis prismáticos; la sorpresa me hace responderle en español, y por su expresión del rostro, me parece que le gustado la respuesta, o al menos el idioma; efectivamente, Soledad, así se llama, es ecuatoriana, y lleva 4 meses recorriendo África, primero por trabajo, ya que es bióloga y ha estado en Uganda trabajando en una reserva, y luego por placer, ya que también está afectada del "mal de África", el mismo que noto yo. Hace 3 meses que no habla español, y por eso mi respuesta le agradó tanto; hablamos de sus experiencias en África y de su trabajo en las reservas de Uganda y del Amazonas, y la emplazo para cenar con los suecos.

La electricidad se ha ido en la ciudad nada más ponerse el sol, que hemos visto descender sobre la isla-prisión con un color tan rojo que parecía iba a incendiar las copas de las altas palmeras que cubren la isla; es la hora del retorno de los dhow, que recortan sus siluetas en la penumbra con la gran bola de fuego haciéndose líquida en el horizonte, y ofrecen a los fotógrafos un marco perfecto para esas fotos de postal o folleto turístico. Parece que están acostumbrados a que la luz se vaya, porque los restaurantes y hoteles disponen de grupos electrógenos que ponen las únicas nota de luz en una ciudad totalmente apagada. Cenamos, parece una premonición, en un restaurante árabe que se llama "las mil y una noches", y en el cual tomamos pescado y marisco a precios de risa para nuestros bolsillos europeos, eso sí, el alcohol ni probarlo porque el dueño es musulmán. Aunque el restaurante está casi vacío, el servicio es muy lento, parece como si no quisieran acostumbrarnos a la rapidez, y luego la exijamos; la noche se cierra con la visita a un Pub donde escuchamos música de Zanzibar, una mezcla entre música africana, India, y quién sabe qué otras influencias.

Temprano en la mañana me dirijo al Cinema Afrique, punto de partida de los Spice Tours o ruta de las especias de Mitu, el guía más famoso de la isla, que lleva más de 30 años enseñando a los visitantes las maravillas que produce Zanzíbar. La continuidad está asegurada, porque 2 de sus hijos sirven de conductores al grupo. Todos estos años no le han convertido en el típico guía aburrido que suelta su retahíla de frases; todo lo contrario, la pasión con la que nos cuenta la historia de Zanzíbar y el orgullo de mantener su independencia frente a Tanzania, son reales, y te dicen mucho del porqué de la magia de esta isla; es de raza india, y habla un inglés perfecto, visitamos con él las ruinas del palacio del sultán y seguidamente nos vamos a disfrutar la parte más interesante del tour, que es la visita a las plantaciones. Uno se cree que las plantaciones serán como en España, una zona para trigo, otra para tomates, etcétera, en cambio aquí se encuentra que está todo mezclado, y no caprichosamente, porque el jengibre, el clavo, el cardamomo y el sésamo se necesitan mutuamente, todo ello a la sombra del cocotero, en lo que se llama un shamba. También nos maravillamos con el árbol del chicle, del jabón y otro que produce unas semillas que al contacto con el agua explotan como si fueran petardos. Vemos piñas, limas, aguacates, papaya, tapioca y otras frutas nunca vistas cuyo nombre en español se me escapa. Observamos hasta 10 especies diferentes de plátanos, y nos sorprendemos de la agilidad de los niños que trepan en segundos hasta la cima de un cocotero de 9 metros, con la simple ayuda de sus pies atados por una cinta de tela. Probamos la técnica y nuestro fracaso es total.

Después de haber visto las inmensas posibilidades que nos ofrece la naturaleza, y de avergonzarnos por nuestro escaso conocimiento de la misma, el broche de oro lo pone una deliciosa comida al aire libre donde se amalgaman sin mezclarse muchos de los olores y sabores que hemos probado previamente, vegetales al curry, pescado en leche de coco, piña fresca, en una orgía de fragancias y gustos que nos embriagan; en este estado catatónico nos dejamos decorar los brazos por tatuajes no permanentes, de hena, una sustancia que se utiliza como tinte, y que aguantará 2/3 semanas. Los pinceles recorren con gran precisión la piel, dibujando figuras geométricas de una tradición milenaria y que todas las mujeres de Zanzíbar siguen, pintándose manos, brazos, pies y piernas continuamente. El regreso a Zanzíbar Town en las camionetas de Mitu se hace especialmente duro por los baches continuos, el calor y la digestión, que nos lleva en un sopor permanente; una siesta de urgencia en el Guest House nos pone en forma para una nueva puesta de sol desde el Africa House, donde he quedado con los suecos, 2 gallegos que he conocido en el tour (ya me extrañaba a mí no encontrarme ninguno, viajeros impenitentes como somos por el mundo entero), y a la reunión se unen inesperadamente Kate, que ahora está en camino hacia Zimbawe, con salto incluido a Zanzíbar. No la acompaña Greg, se ha quedado con el camión en Dar es Salaam, cenamos en el Dolphins, uno de los múltiples pequeños restaurantes de Zanzíbar; la noche se puebla de estrellas, que desde esta perspectiva en el hemisferio sur parecen diferentes a las del norte; incluso creo descubrir un nueva constelación a la que bautizo Unicornio, ya que a mí al menos me lo parece. Con la satisfacción del descubridor de nuevos mundos me retiro.

Aunque sigo subyugado por Zanzíbar Town, decido irme 2 días a las playas del Este, porque necesito unos días de "dolce far niente", y me han dicho que es el sitio perfecto. El matatu que he contratado con otros viajeros cumple todos lo requisitos, música a todo volumen, conductor loco que ignora todas las normas de conducción, y un limpiaparabrisas que cuando empieza llover descubrimos que no funciona, por lo que ha de conducir con la cabeza fuera de la ventanilla; lo debe usar poco, así que la próxima vez que llueva seguro que estará en el mismo estado. Cuando llegamos a Jambiani, un poblado de 4 casas, paralelo a una playa de 15 km. de largo, que esporádicamente tiene grupos de cabañas sobre la misma playa, me percato de que es el sitio perfecto para no hacer nada. Para evitar tentaciones me voy a la última cabaña, Gomani House, regentada por una familia muy agradable, que está colgada sobre la playa con un comedor delicioso, y en el que una habitación, cuyas ventanas son simples agujeros abiertos al mar, y que se antojan suficientes porque la temperatura día y noche es muy agradable, sólo cuesta 8 dólares. El desayuno con frutas frescas es refrescante, y el ambiente totalmente relajado; los niños me preguntan si quiero ir a pescar, al arrecife o a bucear, y les digo que muchas gracias pero lo que voy a hacer es NOTHING. Me tiro en la playa, de una arena tan blanca que las gafas de sol son imprescindibles, y observo como los dhow se hacen a la mar con la marea alta para pescar los deliciosos peces que luego nos prepararán con curry y leche de coco. En la lejanía veo acercarse un grupo de gente paseando por la playa, y son la pareja de gallegos y otra pareja de Vitoria que están alojados en el mismo sitio, a media hora de camino por la playa; quedo en acercarme a cenar a su hotel por la tarde.

Es imposible agobiarse en un sitio así, porque el ritmo de todo el mundo es tranquilo y pausado y te contagian; en el comedor me pongo a hablar con los hijos del dueño que juegan con un tablero y un grupo de guijarros, en un juego que se me antoja al menos tan complicado como el ajedrez, y aunque se empeñan en enseñarme, desisto enseguida. Una chica australiana que aparenta llevar bastante tiempo por allí me comenta que sí, que es un juego difícil, propio de pueblos bastante evolucionados; Zanzíbar, cuna de la cultura swahili, uno de los 10 primeros idiomas del mundo, es uno de los sitios donde se preserva con más atención. El swahili nació a partir del bantú, mezclado con palabras árabes y persas, y su característica de lengua abierta le permitió incorporar palabras del portugués y del inglés. El nombre Zanzíbar proviene del vocablo "Zenji-bar", "tierra de gentes negras"; ya era mencionada en los relatos de Las mil y una noches y el poema épico de Camoens Os Luisiadas, y fue gobernada desde 1832 por el sultán de Omán y sus sucesivos descendientes con total desprecio hacia la población negra, a pesar de que el sultán Bargash firmara en 1873 el tratado que pondría fin al comercio de esclavos en sus dominios. Con este currículum no es de extrañar que el acceso a la independencia en 1963 degenerara en revueltas populares que causaron la muerte de miles de árabes y la huida de muchos miles más, instalándose un gobierno revolucionario que, a la vista de las pocas perspectivas de futuro, decidió confederarse con Tanzania, regida en ese momento por Julius Nyerere y su proyecto socialista.

Distraído con la charla, no me percato de que la marea baja a un ritmo trepidante, y donde me bañaba hace sólo 3 horas es una superficie de arena salpicada de charcos, y los dhow que antes flotaban quedan varados a cien metros del agua; toda la población femenina del pueblo acude a marisquear en esa fértil franja de arena, provistas de cazos para guardar las piezas conquistadas, y envueltas en prendas con multicolores estampados que se reflejan en el agua como si caminaran sobre un espejo; esta es la principal diferencia con la costumbre gallega de marisquear en las playas, ya que en este caso suelen acudir las viudas de los marineros ataviadas de riguroso luto, por otra parte el marisco resulta igual de sabroso que el del Atlántico; la cena en el hotel de mis amigos españoles resulta deliciosa bajo la luz de las estrellas y uno, que ya va conociendo el percal, pregunta antes de empezar a cenar cuantas cervezas frías tienen en la nevera, y ante la respuesta de 6 les recomiendo que pongan al menos 12 más a enfriar, porque los españoles somos fanáticos bebedores de cerveza; me hacen caso y eso nos permitirá cenar hasta el final con cerveza fría. El retorno por la playa bajo la luz de las estrellas y oyendo el rumor del agua rompiendo contra el arrecife a 500 metros de la playa y la corona de espuma que se refleja, le hacen pensar a uno que si se puede dormir y comer bien con un presupuesto diario de 10 dólares, y que para estancias largas se pueden conseguir mejores precios, probablemente el gasto en un año no superaría las 200.000 pts; la tentación de quedarse allí es muy fuerte, pero todavía el ansía de ver otras partes del mundo y el apego a mi tierra hacen desechar la idea; eso sí, Zanzíbar quedará como uno de los lugares de una pequeña lista a los cuales ir si algún día decides hacerle un corte de mangas al primer mundo.
Por la tarde me voy a hacer buceo al arrefice, y allí "alucino en colores", expresión en este caso totalmente acertada, ya que la profusión de formas y colores en los peces y los arrecifes de corales, unido a un agua a la que definir como transparente sería quedarse corto, pero mi corto vocabulario no me permite encontrar una palabra que realmente exprese la sensación de flotar en el vacío, quizás etérea sea lo que más se acerca.
El último día en Zanzíbar amanece nublado y es gozoso ver como el sol se faja con la nubes debilitándolas para hacer prevalecer su poderío y calentar esta tierra prometida. Antes del desayuno me voy a nadar, y parece como si una mano invisible me sujetara e impidiera salir del agua, es tal la sensación de bienestar que produce que a duras penas salgo y voy a desayunar; a las 10 se supone que me recogerá el Matatu, y ¡maldita sea!, por una vez en 1 mes es puntual. Me despido de la familia Gomani dándoles las gracias en swahili "Asante Sana" y diciendo adiós "Kwaheri". La espera en el aeropuerto de Zanzibar es bastante amena al principio porque está repleto de árabes que regresan cargados hasta los topes a sus países, en un vuelo de Katar airlines, un Jumbo que cuando despega, parece que no puede levantar su panza del peso que lleva; el grupo de azafatas es muy curioso, porque incluye una japonesa, 2 africanas, 2 europeas de aspecto nórdico, y 2 árabes, todas ellas tocadas con el gorrito y el velo típicos de los relatos de las mil y una noches. El tiempo va pasando y nuestro avión no llega; conozco a una pareja de catalanes que han venido unos días a Zanzibar a pasarlos con su hija, que trabaja para la ONG Intermón en los campos de refugiados de Goma, y que, como tantos otros que allí trabajan, ha extendido su contrato un año más entre otras razones porque se ha enamorado de otro español que trabaja allí; es increíble que en medio de toda esa miseria, o quizá por ello, puedan nacer sentimientos de amor entre 2 personas tan fuertes que te hagan renunciar a la vuelta a tu cómodo hogar; desde luego sus padres no lo entendían.

A pesar de que el responsable de "Air Quizás" nos tranquiliza diciendo que el avión está en camino, que no nos preocupemos, "Akuna Matata", yo no las tengo todas conmigo; por fin, un rumor en el cielo nos hace levantar la vista a todos como si El Señor hubiera decidido compadecerse de nosotros y nuestro avión aparece en el horizonte; aún así no sé si llegaré a tiempo porque mi tren parte en 2 horas; por suerte, las operaciones de desembarque y embarque de pasajeros se realizan como en un autobús, unos entran por la puerta delantera mientras otros salen por la trasera, así que llego a Mombasa con 40 minutos de adelanto sobre el horario, y aunque no tengo que decirle al taxista que vaya rápido, le doy mi permiso para que vaya todavía más rápido. El recorrido a ritmo de película de cine mudo por la ciudad de Mombasa me indica que debe ser un puerto bastante importante, además de punto de partida hacia el norte de la zona turística costera de Kenya, masificada casi como nuestra Costa Brava y centro del turismo de playas y sol.
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