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Trotamundos.
Viajar no es tan sólo moverse en el espacio. Más que eso, es acomodar el espíritu, predisponer el alma y aprender de nuevo. Ortega y Gasset

África será siempre la de la época de los mapas de la era victoriana, el inexplorado continente vacío con la forma de un corazón humano

Graham Greene

La web para los que viajan sin prisa
África en el Corazón

Queen Elizabeth National Park

A la mañana siguiente, con los depósitos llenos, nos ponemos muy temprano en marcha porque nos hemos tenido que desviar de la ruta para encontrar el agua, pero parece que estos días las desgracias se ceban en nosotros porque a las 7 a.m pinchamos, y cambiar la rueda de uno de estos camiones lleva un buen rato, casi 45 minutos. Hemos hecho ya nuestra la frase en Swahili ?Akuna Matata?, ?no hay problema?, por lo que tranquilamente esperamos que se arregle la rueda, mientras todos los niños de la zona se acercan curiosos a ver que hacemos; sus miradas, sus ojos como platos y sus sonrisas tímidas me subyugan y aprovecho para hacer unas fotos en las que con una sola mirada se pueden entender muchas de las cosas que suceden en África.

La llegada al Queen Elizabeth National Park, cuyo nombre está dedicado a quien imaginamos, es espectacular, porque su corazón es el canal que une 2 lagos llamados Edward y George (más familia real), y reúne la mayor concentración de hipopótamos del mundo, los vemos en la lejanía, pero aún así sus inmensas moles nos impresionan; montamos el campamento y por primera vez en 10 días logro colgar la hamaca que me he traído para descansar y relajarme un rato; el ritmo que llevamos es infernal, y aunque todos lo aceptamos de buena gana porque es la única manera de poder ver tantos sitios interesantes, este momento de ?relax y pax? tirado en una hamaca con la vista del lago al fondo es uno de los momentos más especiales de este viaje. Recorremos el parque con el camión y por fin vemos elefantes, hasta ahora se nos habían resistido, porque son bastante independientes y se alejan de los caminos para evitar el contacto humano; sabes que están ahí no muy lejos pero no los llegas a divisar; aquí hemos tenido suerte porque nos hemos cruzado con un grupo de 6 ó 7 que atravesaban el camino, y antes de perderlos de vista podemos observar su enorme tamaño y peso, que abre una enorme oquedad en el camino cuando pisa; el macho es más alto que nuestro camión y pienso qué haríamos si se dirigiera hacia nosotros con su trompa en alto y empezara a repartir trompazos; pero como siempre, y es algo que uno aprende enseguida, las fieras salvajes no lo son tanto, sólo atacan si se sienten acorraladas o por supuesto hambrientas, pero suelen rehuir el contacto humano porque el concepto que tienen de nosotros no debe ser muy alto. Hace mucho calor por primera vez en todo el viaje, y parece que la tierra se descompone en partículas que flotan en el aire, que se hace muy pesado e irrespirable. Regresamos al campamento y al atardecer nos vamos a recorre el canal en barca.

El sol declina y el calor se hace más suave; además la cercanía del agua refresca el ambiente; las márgenes del río están llenas de juncos que forman una pared impenetrable, y no vemos ningún animal, hasta que al dar la vuelta a un recodo nos encontramos con la mayor concentración de hipopótamos imaginable, no sólo por los que salen a la superficie a respirar, sino por los que deben permanecer bajo el agua, ya que salen una vez cada 5-10 minutos, están unos segundos en la superficie, y regresan al frescor del fondo. Parece que se podría cruzar el canal saltando de lomo en lomo de hipopótamo, pero no lo pienso probar, no creo que les gustara mucho; nos deslizamos suavemente con nuestra pequeña barca a escasos metros del grupo, y de vez en cuando, un resoplido nos avisa de la aparición, primero de los ojos y luego del morro de un hipopótamos a 1 metro de la barca; si a alguno le diera por emerger sus 3.000 kg. de peso bajo nuestra barca, nos llevaríamos un susto bastante grande; en la orilla del lago se pueden ver además grandes cantidades de pelícanos y otras aves a cada cual más extravagantes; parece Picadilly Circus en la época de los punkis, porque un pájaro lleva una cresta roja, con las patas de color amarillo, otro tiene el cuello a pintas, realmente es un espectáculo multicolor.
También dormitan en el borde del canal varios búfalos en perfecta armonía con los hipopótamos y las aves; protegidos por unos metros de agua y nuestra barca, observamos con detalle a los búfalos pensando como puede doler el impacto de esos cuernos retorcidos, peinados con raya al medio e impulsados por 1500 kg de músculo; es una pregunta de la que espero no obtener respuesta jamás. Cuando el sol se ha puesto, empieza a hacer su aparición nuestro gran enemigo de esa noche, que no es una fiera salvaje, pero puede ser bastante más peligroso: el mosquito. Las suaves temperaturas y la altitud de gran parte de las zonas que hemos recorrido, ya que el mosquito siempre vive por debajo de los 2.000 metros, nos han protegido, y ahora, con el fuerte calor y la cercanía del agua, vemos en danza histérica millones de mosquitos arremolinados en torno a cualquier luz; de vuelta al campamento, todos nos ponemos pantalones y camisas de manga larga a pesar del calor, y las pocas superficies de piel expuestas las bañamos en crema anti-mosquitos extra fuerte; va a ser una noche muy olorosa, como si todos nos hubiéramos perfumado para una cena de gala. Un compañero de expedición tiene un incidente cuando va a echar la basura a un vertedero cercano con un jabalí que merodeaba por allí; son mucho más pequeños que los jabalíes españoles pero parece que tienen muy mala leche, porque persiguió a nuestro compañero durante varios metros, que corría como si le persiguiera el diablo, y la lividez de su rostro tardó varias horas en desaparecer.

Con gran tristeza dejamos el Queen Elizabeth National Park en nuestro viaje de retorno a Kenya, la noche ha sido una sinfonía de resoplidos de hipopótamos en el agua, y al levantarnos hemos descubierto las huellas de un hipopótamo que se ha paseado por nuestro campamento; si me hubiera levantado como muchas noches a orinar y me encuentro de frente con un hipopótamo, creo que aún estaría corriendo ahora. El resto del día lo pasamos en el camión saludando a la gente que circula o está esperando no sabes el qué al borde de la carretera, y a ciclistas que circulan con bicis tipo chinas, pero con muchos extras, luces, espejos, colores, parece que la economía va bien cuando se pueden permitir esos lujos; además las bicicletas van reforzadas con barras de hierro en su parte posterior, y la razón es que las cargan hasta límites imposibles, con 2 ó 3 racimos enormes de plátanos que deben pesar unos 100 kg., y pedalean tranquilamente por la carretera subiendo cuestas con ese peso; se me ocurre pensar qué podrían hacer si les das una bicicleta de carreras de 5 kg. y les pones a correr un Tour de Francia, porque en atletismo los negros ya han demostrado que son los mejores en casi todas las pruebas atléticas.

La llegada al campamento de Kampala, que ya habíamos visitado en nuestro viaje de ida, supone el encuentro con otras 2 expediciones que realizan un itinerario similar al nuestro, pero más salvaje, porque sus camiones todo terreno están más preparados para ir off-the-road, fuera de carretera, que nosotros, que ya tuvimos bastante con la experiencia del barro. Compartimos experiencias y anécdotas y unas cuantas cervezas frías. A la mañana siguiente seguimos en dirección a Kenya y pasamos la frontera con bastante rapidez. Por primera vez desde que comenzamos el viaje empieza a llover, por lo que tenemos que bajar las lonas, y el ambiente se hace bastante irrespirable, supongo que la acumulación de polvo de carretera en nuestros cuerpos es el motivo; para olvidarnos del asunto y entrar en calor, porque el frío se cuela por las rendijas de las lonas, empiezan a aparecer en los rincones botellas de licores, las últimas provisiones importadas de Europa, que exprimimos hasta la última gota, cantando el hit del verano africano, una canción llamada ?Jambo Sana?, y que tiene una melodía tan pegadiza que sirve como curso acelerado de aprendizaje de swahili. La llegada al campamento nos permite batir todos los récords de velocidad de montaje de tiendas, ya que esta noche tendremos una fiesta en el pub del campamento; es un sitio delirante, con cabezas de animales disecadas en las paredes, lonas pintadas con un estilo indescriptible, y por todas partes dibujos de todos los estilos referentes a expediciones; nos cuentan que es costumbre que cada expedición se exprese libremente dibujando lo que quieras sobre tus experiencias y el resultado es muy desinhibido. Nosotros vamos más lejos y decidimos decorar una chaqueta en origen de color blanca que después de recibir nuestra inspiración artística es un arco iris de colores, y se la ofrecemos como regalo a Kate, nuestra guía inglesa, que una vez superada la frialdad británica de los primeros días, se había incorporado al grupo como una más. Matt, un australiano del grupo que está comenzando un periplo de 4 meses por África, Europa y Alaska , ha compuesto una oda a la expedición en la cual todos nos vemos reflejados, y que demuestra que su aspecto de poeta maldito está más que justificado. La noche se redondea con el happy Birthday en más de 10 idiomas diferentes que le dedicamos a Manuel, un canario de Las Palmas que se siente en África como en casa, con ese relajo que les caracteriza. La fiesta se prolonga??

Por la mañana descubrimos que las tiendas de campaña de nuestra guía y chófer están vacías, y cuando llega la hora de salir no aparecen por ninguna parte, seguramente han prolongado la fiesta demasiado y están perdidos por algún sitio; con nuestra calma africana los esperamos tirados sobre la hierba observando unos caballos que trotan por la pradera, perseguidos por una vaca, ésta seguro que sí esta loca, porque debe pensar que es un caballo, salta y trota exactamente igual que ellos. 1 hora después aparecen los 2 desaparecidos con aspecto de haber efectivamente prolongado la fiesta bastante. Nos ponemos en camino y por el aspecto de todo el mundo se nota que va a ser un día muy tranquilo en el camión, no va a haber sesiones de canciones, ni ?truck-robic?, una gimnasia que nos hemos inventado para no anquilosarnos en el camión.

El día transcurre con una placidez total, y a media tarde nos detenemos en un lago de nombre Elmenteita, que está lleno de flamencos; descendemos andando hasta la orilla, y unos niños se ofrecen por unas monedas a hacer volar las bandadas de aves para poderlas fotografiar mejor; así lo hacen corriendo desde todas direcciones por el lago gritando hacia las bandadas con aspavientos de los brazos; el espectáculo es único, miles de flamencos levantan su vuelo con sus largos cuerpos rosas y el cielo cambia de color de repente, como si fuera el atardecer se convierte en rosa. Regresamos al camión y la puesta de sol de ese día permanecerá en mi memoria como una de las mas hermosa que he visto; parecía que al Gran Hacedor se le habían derramado sus botes de pintura, porque el cielo era una mezcla de azules, morados, rojos, rosas dispuestos en largas pinceladas impresionistas que hasta Van Gogh hubiera estimado excesivas. Con esa imagen impresa de forma indeleble en nuestras retinas, llegamos al lago Naivasha, nuestro último campamento antes de regresar a Nairobi. Está prácticamente vacío, por lo que podemos montar las tiendas donde queramos, y parece que después de tantos días la gente quiere ya un poco de intimidad, porque todo el mundo se dispersa y coloca su tienda a varios metros de los demás; de todas maneras, aún no me puedo creer que en todo este tiempo en que hemos compartido un espacio vital tan reducido con un grupo de gente tan diferente no se haya generado ningún conflicto entre nosotros, creo que es un milagro, y me alegra mucho que así haya sucedido.
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