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Trotamundos.
Viajar no es tan sólo moverse en el espacio. Más que eso, es acomodar el espíritu, predisponer el alma y aprender de nuevo. Ortega y Gasset

África será siempre la de la época de los mapas de la era victoriana, el inexplorado continente vacío con la forma de un corazón humano

Graham Greene

La web para los que viajan sin prisa
África en el Corazón

Parque Natural de Virunga


Por primera vez en una semana nos levantamos a una hora prudente, las 8 a.m porque hoy no toca carretera, sino búsqueda de gorilas por la jungla; hace un día espléndido, algo no muy habitual porque la jungla es muy verde y espesa, lo que significa que llueve bastante; el parque tiene una caseta de información muy básica donde nos cuentan algunos detalles sobre los gorilas de montaña, y en la que no se puede comprar ni un simple recuerdo, realmente para esta gente el concepto de marketing no existe; será de vuelta en Uganda 2 días después cuando podamos comprar una camiseta con una foto de un gorila de Virunga, ¡ a más de 500 km de distancia!. Pero bueno, lo realmente importante es la posibilidad de ver a los gorilas, y para ello se divide la expedición en 3 grupos de 8 personas cada uno, ya que el contacto con los gorilas está limitado a un máximo de 10 personas por día para no agredir demasiado su hábitat. A cada uno de los grupos nos acompañan 3 rangers, 2 de ellos armados con viejos fusiles militares que abrían y cerraban el grupo y otro provisto de un machete que se revelará muy necesario para el desplazamiento por la jungla.

Avistar una familia de gorilas tiene mucho de suerte, ya que se desplazan continuamente y la impenetrable jungla te puede hacer pasar a escasos metros de ellos sin que te des cuenta; es por ello que hemos reservado hasta 3 días en el campamento, ya que la lista de espera es grande y no queremos irnos sin vivir esa experiencia única. Después de 2 horas caminando por la jungla en un ambiente cargado de humedad y preguntándome como diablos se podían orientar los rangers, ya que no había puntos de referencia y todo parecía exactamente igual, oímos ruidos de animales en la cabeza del grupo, gritos humanos, y la figura de uno de los rangers que corría despavorido con los ojos fuera de sus órbitas; todos nos asustamos muchísimo y nos preguntamos que había pasado, sin dejar de correr; al cesar los ruidos nos paramos porque nos habían dicho que si nos perdíamos en la jungla iba a ser muy difícil que nos encontraran, y al volver a agruparnos, observamos al ranger que disparaba a la maleza repetidamente su escopeta; yo estaba extrañado de que un gorila hubiera atacado porque había leído que no eran agresivos, pero no sabía qué había pasado; ya un poco más calmados nos explicaron que al ir abriendo senda en la jungla, se habían encontrado repentinamente con un búfalo que estaba echado en la hierba seguramente durmiendo, y que de repente se lo encontraron de bruces bramando y atacando, sin darles tiempo a reaccionar; había prendido a uno de los rangers por el impermeable con su testuz rasgándoselo y haciéndole perder su arma; por suerte se había marchado corriendo hacia otro lado; para los que no hayan visto nunca un búfalo y se extrañen de esta agresividad, baste decirles que en África el mayor número de muertos por fieras salvajes se produce por ataques de búfalos y no de león, elefante u otros animales aparentemente más peligrosos; para el que no haya visto nunca un búfalo, pesa el doble que un toro, que a su lado parece un animal doméstico.

Recuperados del susto y una vez el ranger encontró el arma que había perdido en la espesura, retomamos el camino con el miedo en el cuerpo por la posibilidad de otro encuentro no deseado con el búfalo o cualquier otro animal que no fuera un gorila; para tranquilizarnos los rangers nos decían que el búfalo era un animal de sabana y que era muy extraño encontrarnos con uno en la jungla; con una risa nerviosa les respondí que a lo mejor era una especie de búfalo de las montañas como los gorilas. Media hora más de caminata y de repente aparece entre la maleza la familia de gorilas que plácidamente descansa en un claro de la jungla; un grupo de 3 hembras, un bebé de pocos meses y un impresionante macho de espalda plateada que podía enviarte al otro mundo de un tortazo; por suerte parece que nuestra presencia no les importa lo más mínimo y poco a poco adquirimos la suficiente confianza para acercarnos a escasos metros, eso sí, sin mirarles directamente a los ojos y con la actitud sumisa que nos han recomendado los rangers. El macho está sentado en el suelo y se limita a coger ramas que parte con una facilidad pasmosa para comerse la parte tierna central; el que sí parece muy interesado en nosotros es el bebé que tiene el tamaño de un niño de 3 años, y que se acerca a mí con la intención de coger la correa de mi cámara que oscila mientras saco fotografías; como estamos avisados de evitar el contacto físico para no transmitirles ningún tipo de enfermedad, retiro la correa con enorme enfado por parte del bebé, que se sube a un árbol y empieza a agitarlo para mostrar su enojo, exactamente igual que hubiera hecho cualquier niño. En un momento determinado, y en vista de que parece que cogemos demasiada confianza, el macho se incorpora en toda envergadura, más de 2 metros y unos 200 kg. de peso, empieza a dirigirse hacia nosotros, nos acongojamos sobremanera y sumisamente nos agachamos; el macho se acerca a menos de un metro de mi, da media vuelta y retorna a sus ramas, es un simple ejercicio de poderío pero ha dejado muy claro quién manda allí; después de una hora de estancia con ellos, nos vamos con la misma tristeza de quién se despide de un familiar que se va a un país lejano y al que no sabes si volverás a ver. Unos meses después leí en un periódico que habían nacido 20 bebés de gorila en el parque de Virunga y me sentí muy contento de que la familia hubiera crecido.

De regreso al campamento, íbamos exultantes, yo aún no me podía creer que había estado compartiendo una hora con una familia de gorilas, y que había sido todo tan sencillo, tan natural que mis pensamientos eran del tipo: ?¿Todavía hay alguien que pueda cuestionar la teoría de la evolución?, ¡pero si son iguales que nosotros, con un poco más de pelo!?. Durante el regreso los rangers tuvieron varias dudas sobre el camino a seguir, lo cual nos empezó a inquietar porque si nos perdíamos iba a ser muy difícil que nos pudieran encontrar, seguro que nuestro amigo el búfalo nos encontraría fácilmente, pero era un tipo de encuentro que no nos apetecía mucho. Finalmente encontraron una senda, y a partir de ahí el camino de regreso fue muy rápido y animado. Cuando llegamos al campamento, nos encontramos a los otros 2 grupos que ya llevaban bastante rato allí; nos dijeron que había oído los disparos y que estaban a punto de enviar a buscarnos porque tardábamos mucho; resulta que uno de los 2 grupos halló a su familia de gorilas a menos de media hora del campamento, les costaba trabajo creer que pudieran estar tan cerca; el otro grupo había tardado un poco más pero también había encontrado a su familia rápidamente; les dijimos que no se quejaran, que nosotros habíamos tenido que caminar por la jungla más de 3 horas, y sufrido un encuentro inesperado con un búfalo; estábamos todos verdaderamente excitados, enseñándonos las cintas de vídeo que habíamos grabado.

El resto del día lo paso poniendo en orden las sensaciones recibidas en el encuentro de los gorilas; cuando hace años vi la película ?Gorilas en la niebla?, rodada en el Ruwenzori, me pregunté qué razón podía llevar a una mujer como Diane Fossey a abandonar totalmente a su familia y amigos y renunciar a las comodidades de la vida occidental, para arriesgarse permanentemente frente a los cazadores furtivos y las familias de gorilas. Es una pregunta que seguramente hubiera quedado sin respuesta si aquella mañana yo no hubiera estado allí. La belleza de las Montañas de la Luna, unas noches estrelladas en un cielo puro, y, sobre todo, la posibilidad de compartir experiencias tan increíbles con nuestros ancestros, son valores más que suficientes para mandar al carajo el coche, la casa, la televisión y todo cachivache que consideramos civilización.

Consigo quitarme toda la suciedad acumulada en el cuerpo con el viejo sistema de la ducha africana, es decir, un barreño de agua al fuego, y una regadera atada a la rama de un árbol como sistema de ducha, realmente deliciosa. Celebramos nuestro encuentro con los gorilas asando un cerdo entero (los africanos son cerdos salvajes, negros y mucho más pequeños que los sobrealimentados cerdos europeos), que preparan nuestros anfitriones africanos, y cantando bajo las estrellas canciones folklóricas de cada uno de los países a que pertenecemos; tengo que explicar varias veces sin que me crean mucho que la Macarena no es folklore español. La noche en Virunga es muy fría por la altitud y la humedad de la selva, por lo que nos arrebujamos en torno al fuego y no dejamos de beber distintos licores también de cada uno de los países a que pertenecemos. La noche se alarga?.

La mañana nos despierta con otro día espléndido que si cabe nos entristece más por tener que dejar este lugar tan maravilloso. Conversamos con la gente que se acerca a despedirnos, en Zaire se habla Francés como idioma, además de los múltiples idiomas y dialectos locales; descubrimos que muchos de los jóvenes que por allí trabajan están juntando dinero para poder pagar la dote (digámoslo así, porque en realidad suena más a una compra) de sus prometidas; nos cuentan que una mujer viene a costar unas diez vacas. Se me ocurre que sería interesante elaborar un cuadro con la cotización de la mujer en las distintas partes del mundo; en los países árabes la cotización es en camellos, en la India en telas, joyas y adornos, etcétera.

Es la hora de partir; se vuelve a repetir la historia de los porteadores, esta vez si cabe más cruel, porque 200 niños se arremolinan a cierta distancia de nuestras mochilas esperando la orden del capataz, que por cierto es de la misma edad que ellos, pero como es el hijo del dueño del campamento, está en su derecho de portar una vara de madera que estoy seguro utilizará sin problemas, como así sucede; de repente todos los niños se abalanzan sobre nuestros equipajes, yo cojo el mío ante la posibilidad de que lo destrocen, y el capataz, que se hace llamar Johnie Walker, empieza a repartir varazos a diestro y siniestro; después de poner orden en el tumulto, selecciona a unos 30 porteadores y comenzamos el regreso a Uganda; me entristece pensar que por un dólar se haya podido montar tal escándalo, es señal de que la situación en el Zaire deber ser dramática. Con estos pensamientos en la cabeza que me impiden disfrutar en toda su plenitud del paisaje que 2 días antes habíamos recorrido de noche, llegamos a la frontera con Uganda; como la llamada ?tierra de nadie? tiene una extensión bastante larga, imagino que para evitar conflictos, hay muchos niños que la recorren en una especie de patinetes gigantes de madera, muy rústicos pero increíblemente robustos, que se ofrecen para llevarte el equipaje o a ti si hace falta. Una vez hemos llegado a la frontera y la hemos atravesado, observamos con preocupación que nuestro camión no está, le esperamos durante una hora, y por fin aparece en el horizonte; Greg, nuestro chófer australiano, se había retrasado haciendo compras con Johannes y por eso llegaba tarde; ya estamos acostumbrados a que el tiempo se mida de otra manera en África, pero realmente el camión es ya una prolongación de nuestros cuerpos, y después de 2 días sin subir a él, ya teníamos ?mono?.
Emprendemos nuestro camino hacia las carreteras montañosas de nuevo, cruzándonos continuamente con nuestros amigos suicidas de los camiones del WFP, sin incidentes que reseñar; al atardecer pasamos cerca de un lago muy hermoso, el Banyony, situado a unos 2.000 metros de altitud, y decidimos montar el campamento allí; me quedo extasiado contemplando la puesta de sol sobre las montañas y las rústicas barcas cruzando el lago; debe haber bastante pesca porque continuamente vemos asomar cabezas por la superficie del lago, nos comentan que incluso nutrias; a medida que va anocheciendo los ruidos de la noche nos envuelven y con toda nitidez se pueden distinguir algunos conocidos, como patos y cornejas, y otros que son totalmente nuevos para nosotros; con las últimas luces, la atmósfera se empieza a llenar también de olores de plantas y un sinfín de luciérnagas atraviesan como estrella fugaces el aire; finalmente, rodeados como estamos de montañas, el cielo estrellado parece una bóveda que cubre totalmente el firmamento, uno tiene la sensación de que algún puntito de luz de los millones que se ven en el cielo está de alguna manera relacionado contigo. Cuando el frío empieza a hacer mella en nuestros huesos, nos acercamos al fuego donde ya hace rato que los demás han empezado el intercambio de licores y canciones folklóricas.

Es Domingo y lo descubro cuando llegamos a un pueblo llamado Kabale con la intención de aprovisionarnos de alimentos; mientras el grupo de intendencia va al mercado, recorremos el pueblo echando un ojo a las múltiples iglesias que jalonan la carretera, adventistas, pentecostistas, baptistas, católicas, de las que salen unos cánticos preciosos; la gente va muy elegante con sus trajes de Domingo, y una chica de nuestro grupo es la sensación del pueblo, porque lleva un short muy ceñido y todos los hombres y niños la miran y se parten de risa, o tímidamente tuercen la vista, eso sí, para volver a mirar enseguida, finalmente decide ponerse algo un poco más discreto, no vaya a ser que causemos un tumulto.

Una vez provistos de alimentos, volvemos a la carretera, y después de un rato nuestro camión empieza a renquear, parece como si los miles de kilómetros recorridos le pesaran demasiado, pierde fuerza en las cuestas y se desplaza a velocidad de tortuga, hasta los ciclistas nos adelantan; por suerte, bueno no por necesidad, nuestro chófer Greg también es mecánico, y se pone a la faena; después de un rato descubre que en el último repostaje nos han debido mezclar el gasoil con agua, porque el filtro de aceite está totalmente sucio, pero lo arregla rápidamente y enseguida volvemos a la carretera con nuestro querido Mercedes; se nos plantea un problema adicional, y es que los tanques de agua potable que llevamos y que nos sirven para beber, fregar los cacharros, cocinar, etcétera, están casi vacíos, y algo tan sencillo como rellenar un tanque de agua en Europa, se puede volver muy complicado en África, paramos en varias estaciones de servicio de Mbaraba, un pueblo situado en la carretera, pero en ninguna de ellas tienen agua, solamente todo el gasoil que queramos, me pregunto como es posible que nos hubieran mezclado el gasoil con agua en el repostaje anterior si parece que es más escasa que el combustible, ¡seguro que no era potable!. Nos dirigimos a un campamento donde nos pueden ayudar, pero allí tampoco tienen agua, por lo que seguimos camino hasta un curioso hotel llamado Jungle Lodge Paradise situado en pendiente en la garganta de un río, y nos permiten acampar a la entrada. Bajamos, y aunque la corriente es bastante fuerte nos damos un baño refrescante, nos dejamos llevar 50 metros por la corriente, y regresamos corriendo por el margen del río a tirarnos otra vez, muy divertido; el hotel es muy curioso, organizado en terrazas descendentes, debió ser en su época bastante espectacular, pero ahora parece un poco decadente; parece que somos los únicos que estamos por la zona, así que después de cenar nos acercamos a compartir un rato de música africana y unas bebidas en el bar.
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